Canto III

Enero 19, 2009 by Juan Manuel Macías

Se alzaba el sol, tras dejar la muy hermosa laguna,
hacia los cielos de bronce, para alumbrar a inmortales
y a mortales sobre la Tierra fecunda,
cuando a Pilo, el bien labrado baluarte de Neleo,
arribaron. Y a la orilla del mar se sacrificaban
negros toros al que agita la Tierra, el de pelo endrino.
Había allí nueve bancos y en cada uno de ellos
quinientos hombres sentados. Nueve toros se inmolaban.
Ya para el dios asaban los muslos, tras catar las vísceras,
cuando ellos tocaron puerto, y del templado navío
plegaron velas, y echaron el ancla y desembarcaron.
Entonces bajó Telémaco, marchando tras Atenea,
y fue la primera en hablar Atenea de ojos verdes:

«Ya no te obliga, Telémaco, vergüenza ni en lo más mínimo,
ahora que el mar has surcado para saber de tu padre,
qué tierra lo tiene oculto, qué destino le ha seguido.
Así que, ¡anda!, ve a Néstor, domeñador de caballos;
sepamos qué trazas lleva escondidas en su pecho;
hazle tú mismo la súplica para que hable sin falsía,
y no pronunciará engaños, que es hombre de gran prudencia.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Méntor, ¿cómo iré hasta él, y cómo le trataré
si aún no me cabe destreza en asentados decires?
Vergüenza me da que un joven interrogue a un hombre anciano.»

A esto contestó Atenea, la diosa de verdes ojos:

«Telémaco, alguna cosa piensa en tus entendederas
y el restó vendrá de un dios. Que no creo que nacieses
ni que fuese tu crianza a despecho de los dioses.»

Dijo, y Palas Atenea marchó al frente con presteza,
y caminaba Telémaco tras las huellas de la diosa.
Se llegaron a la junta de los pilios y a sus bancos.
Allí Néstor con sus hijos se sentaba, y los amigos
en torno, armando el festín, asaban carne o la espetaban.
Al ver a los forasteros fueron todos a su encuentro,
saludaron con las manos y convidaron a asiento.
Fue Pisístrato, el de Néstor, el primero en acercarse,
y les tomó de las manos, y les sentó ante el banquete
en blandas pieles dispuestas sobre la arena del mar,
cerca de su hermano Trasimedes y cerca del padre.
Les dio parte de la entraña y echó vino en una copa
de oro y así, tendiéndola, habló a Palas Atenea,
la hija de Zeus, dueño de la égida:

«Ruega ahora, oh extranjero, a Poseidón soberano,
pues por él es el festín que aquí os habéis encontrado.
Mas no bien que hayas libado y rogado como es justo,
entrégale a éste la copa del vino que sabe a miel,
y libe, que también ruega, pienso yo, a los inmortales,
y de los dioses los hombres todos son necesitados.
Pero como es el más joven y tendrá mi misma edad
a ti doy primero la copa de oro.»

Tal dijo, y puso en sus manos la copa de dulce vino
y se alegró Atenea de hombre tan justo y cabal,
pues que a ella le daba primero la copa de oro.
Y al punto hizo muchas súplicas a Poseidón soberano:

«Escúchame, Poseidón, que ciñes la Tierra, no niegues
a quienes te hacemos ruegos que se cumplan estas cosas.
Primero de todo a Néstor y a sus hijos tráeles fama.
Mas luego a estos otros dales agradable recompensa,
a todos los pilios, por tan grandiosa inmolación.
Y haz que Telémaco y yo nos vayamos con el logro
de lo que hasta aquí nos trajo en raudo y negro navío.»

Tal pronunció en su plegaria y ella misma la cumpliera.
Entonces le dio a Telémaco la doble y hermosa copa
y de igual guisa rogó el caro hijo de Odiseo.
Luego, asada ya la carne del exterior, y apartada,
se troceó, y se festejó un espléndido festín.
Mas, satisfechas las ganas de comida y de bebida,
entre ellos habló Néstor, el caballero gerenio:

«Es la mejor ocasión de inquirir y averiguar
quiénes son los extranjeros, que hartos ya están de comida.
Oh extranjeros, ¿quiénes sois? ¿De dónde por sendas húmedas
vinisteis? ¿Algún asunto? ¿O sin destino vagáis
por el mar cual los piratas que arriesgan vida, errabundos,
y llevan calamidades a los hombres de otras tierras?»

A esto le contestó el avispado Telémaco
con arrojo, que Atenea se lo pusiera en sus mientes
a fin de que preguntara sobre su ausentado padre
y se ganara una honrosa nombradía entre los hombres:

«Oh Néstor, el de Neleo, de los aqueos gran gloria,
¿preguntas de dónde somos? Yo te lo referiré.
Nosotros somos de Ítaca, la que está a los pies del Neyo,
y no venimos por público asunto, sino privado.
Voy tras la gran fama de mi padre, si acaso la oyeras,
del divino y esforzado Odiseo, de quien se dice
que combatiendo a tu lado saqueó la ciudad de Troya.
De todos cuantos lucharon con los troyanos sabemos
dónde encontraron la triste muerte,
pero la muerte de aquél la dejó ignota el de Crono,
pues nadie puede decirnos dónde murió con certeza,
si fue en tierra firme por varón hostil,
o si lo hizo en alta mar, entre las olas de Anfítrite.
Por tal vengo ahora a tus rodillas, si acaso quisieras
contarnos de aquél la triste muerte, si la hubieras visto
con tus ojos o escuchado en las palabras de algún
vagabundo, que tan mísero su madre lo fue a parir.
Y nada de esto me endulces por compasión o respeto,
mas dame todo detalle de lo que fuiste testigo,
te ruego, si alguna vez, mi padre, el noble Odiseo,
ya de palabra o de obra, te cumpliera sus promesas
en la población de Troya, donde sufristeis quebrantos
los aqueos. Ten memoria de esto y habla sin falsía.»

Le dijo en respuesta Néstor, el caballero gerenio:

«Amigo, me has recordado los pesares que pasamos
en aquel pueblo los vástagos aqueos de temple indómito,
cuando en los mares brumosos errábamos con las naves
a la busca de botín, donde nos llevaba Aquiles,
o cuando en torno a la gran ciudadela del rey Príamo
combatíamos. Allí perecieron los mejores.
Allí yace Ayante guerrero, allí Aquiles,
allí Patroclo, que aconsejaba igual que los dioses,
y allí un hijo mío, intachable y fuerte,
Antíloco, veloz al correr y gran luchador.
Y muchas otras desgracias padecimos. ¿Quién podría
de entre los hombres mortales referirlas todas ellas?
Aunque fueran cinco años que te quedaras, o seis,
a averiguar las desgracias de los divinos aqueos,
abandonarías antes, y a tu patria partirías.
En nueve años de cerco, con toda clase de argucias,
urdimos males, y apenas había empezado el de Crono.
Nadie quería allí, entonces, rivalizar en ingenio
cuando el divino Odiseo vencía con gran ventaja
a todos en artimañas, tu padre, si es que de cierto
eres hijo suyo. Te miro y me asombro,
pues que en palabras te le pareces, y no se diría
que un hombre tan joven así hubiera hablado.
Ni yo ni Odiseo, entonces, fuimos jamás adversarios
en asamblea o consejo, mas que el sentir de los dos
era uno, y con cabeza y atinadas decisiones
a los argivos guiábamos por conseguir lo mejor.
Pero, no bien que asolamos la alta ciudad de Príamo,
y embarcamos, y un dios desperdigó a los aqueos,
Zeus maquinó en sus mientes que fuera triste el regreso
para los argivos, pues no todos sensatos y justos
se habían mostrado, y muchos cayeron en desventura
por la ira fatal de la hija de un padre invencible,
la de ojos verdes, que puso en liza a los dos de Atreo.
Éstos llamaron a todos los aqueos a asamblea,
neciamente y sin sentido a la caída del sol,
y los vástagos aqueos vinieron ciegos de vino.
Les dijeron los motivos de congregar a las huestes.
Menelao exhortó a todos los aqueos a acordarse
de regresar por el lomo anchuroso de los mares,
y esto en nada agradó a Agamenón, que quería
retener las huestes y hacer sacrificios
para que la terrible cólera de Atenea se aplacase.
Ingenuo, no se enteraba que no iba a convencerla
pues el sentir de los dioses eternos no muda al punto.
Y, así, quedaron en pie, cambiando duras palabras,
y se alzaron en espléndido vocerío los aqueos
de buenas grebas, que cada plan se atrajo sus facciones.
Toda la noche movimos retorcidos pensamientos
los unos para los otros, pues Zeus tramaba un gran daño.
Pero a la aurora entregamos las naves al mar divino,
botín a bordo y mujeres de lindo talle embarcadas.
Allí quedó la mitad de la hueste, demorada
al lado de Agamenón de Atreo, pastor de gentes.
Y los demás embarcamos, y navegamos veloces,
y un dios había allanado el mar de las grandes bestias.
Cuando arribamos a Ténedos inmolamos a los dioses
con ansias de hogar, mas Zeus aún no pensó en el regreso,
despiadado, que volvió a promover la discordia.
Los que iban con Odiseo, rey capaz y muy astuto,
tornaron las enarcadas naves
por complacer otra vez a Agamenón el de Atreo.
Mas yo escapé, tras juntar las naves que me seguían,
sabiendo qué dios tramaba el daño; y también huía
el guerrero hijo de Tideo, y empujó a los suyos.
Un tiempo más tarde el rubio Menelao se nos juntó
en Lesbos, y nos halló sopesando un gran periplo:
si habríamos de pasar sobre la escarpada Quíos
rumbo a la isla de Psiria, para dejarla a babor,
o bajo Quíos, pasando por el ventoso Mimante.
Le suplicamos a un dios una señal. Nos la dio
y nos instó a atravesar la alta mar hacia Eubea
cuan presto pudiéramos, para huir del daño.
Sonoro viento se alzó y muy veloces cruzamos
los caminos de los peces. Ya por la noche a Geresto
llegamos, y allí ofrecimos a Poseidón muchos muslos
de toros, por recorrer tamaña ruta en la alta mar.
Al cuarto día, ya en Argos, con sus templados navíos,
estaban los de Diomedes, domeñador de caballos.
Mas yo puse rumbo a Pilo, y nunca remitió el viento
desde que un dios lo envió a soplar.
Y así me llegué, hijo mío, ignorante y sin saber
de aquéllos: quién se salvó, quién murió de los aqueos.
Mas cuanto yo me he enterado estando aquí en mis palacios
te lo contaré como es debido, sin omitir nada.
Dicen que han llegado los mirmídones de valientes lanzas
guiados por el ilustre vástago del bravo Aquiles.
Bien llegó Filoctetes, notable hijo de Peante.
Idomeneo llevó a Creta a todos los suyos
salvos de guerra. Y el mar no le arrebató ni un hombre.
Del de Atreo ya oiríais vosotros, aun viviendo lejos,
cómo llegó y cómo Egisto le maquinó triste muerte.
Pero éste lo pagaría de una forma miserable.
¡Qué bello es que un varón
al perecer deje un hijo! Pues que al matador de padres
dio muerte, a Egisto el falaz, que mató a su ilustre padre.
Tú también, amigo, porque te veo muy bello y crecido,
has de ser valiente para que hablen bien en el futuro.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Oh Néstor el de Neleo, de los aqueos gran gloria,
¡vaya si aquél se cobró su venganza, y los aqueos
guardarán su vasta fama, y la oirán los venideros!
Ojalá me revistieran los dioses de tales bríos
para vengar el dañino desmán de los pretendientes,
soberbios, que urden malévolos crímenes.
Mas una dicha tan grande no me la hilaron los dioses,
ni a mí ni a mi padre, y hay que aguantar ya como sea.»

Le dijo en respuesta Néstor, el caballero gerenio:

«Amigo, pues que esto me recuerdas y me lo refieres,
cuentan que a tu madre muchos la pretenden en palacio
tramando daños mal de tu grado.
Dime si por voluntad acataste, o si las gentes
por la ciudad te desprecian al oír palabras de un dios.
¿Quién sabe si aquél vendrá a vengar sus desmesuras,
bien solo, o bien con todos los aqueos juntamente?
Ojalá quisiera amarte Atenea de ojos verdes
cual entonces se cuidaba por el famoso Odiseo
en la población de Troya, donde los aqueos sufrimos,
pues nunca supe de dios que así a las claras lo amase
como a las claras le daba ayuda Palas Atenea.
Si tanto te amara y te velara en su corazón,
alguno habría entre ésos que olvidaría las bodas.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Oh anciano, estas razones ya no creo que se cumplan.
Bien grande es lo que dices, y me asombra, más no espero
que suceda, aunque los dioses quieran.»

A esto contestó Atenea, la diosa de verdes ojos:

«¿Qué palabras salieron, Telémaco,
del cerco de tus dientes? Le es fácil a un dios, si le place,
salvar a alguien aun de lejos. Y yo, tras muchos quebrantos,
querría volver a casa y ver el día de vuelta,
y no morir llegado a mi hogar, como Agamenón,
finado en celada a manos de Egisto y su propia esposa.
Mas ni siquiera los dioses pueden de la muerte unánime
salvar a alguien, aun amado, no bien que le ha sorprendido
la funesta parca de la triste muerte.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Méntor, no hablemos más de tal cosa, aunque nos aflija.
Ya no es probable su vuelta; antes bien, los inmortales
ya habrán dictado a estas horas su muerte y su negra parca.
Pero otras razones quiero inquirir y preguntar
a Néstor, que a los demás supera en justicia y mañas,
pues a tres generaciones de hombres ha gobernado
de tal suerte que a mis ojos un inmortal asemeja.
Oh Néstor el de Neleo, refiéreme la verdad:
¿cómo murió Agamenón de Atreo, el muy poderoso?
¿Dónde andaba Menelao, y qué muerte maquinara
Egisto el falaz, si mató a un hombre harto superior?
¿Acaso andaba por Argos la de Acaya, o vagaba
entre hombres de extraña tierra, y Egisto se animó a hacerlo?»

Le dijo en respuesta Néstor, el caballero gerenio:

«Cuanto es verdad, hijo mío, yo te lo referiré.
Bien puedes pensar tú mismo qué cosa hubiese pasado
de haberse encontrado a Egisto vivo aún en los palacios
el hijo de Atreo, el rubio Menelao, vuelto de Troya.
Tras matarlo, ni siquiera lo habría cubierto de tierra,
mas que los perros y aves lo habrían despedazado,
tirado en el llano, lejos de la ciudad. Y ni una
aquea lo habría llorado. Tan enorme fue su crimen.
Pues que nosotros allá muchos trabajos cumplíamos,
y él, bien adentro en Argos de los corceles, feliz,
a Agamenón porfiaba por seducirle la esposa
con mucho hablar. Al principio rechazó el inmundo crimen
la divina Clitemnestra, pues no obraba con malicia,
y junto a ella había un aedo que el de Atreo, al irse a Troya,
dejara con mucho encargo de proteger a su esposa.
Mas, cuando la parca de los dioses le hizo sucumbir,
Egisto se lo llevó a una isla despoblada
y lo dejó como presa y rapiña de las aves,
y a ella se la llevó a casa, de grado el uno y la otra.
Quemó en los sacros altares de los dioses muchos muslos,
y colgó muchas figuras, y también tejidos y oro,
tras realizar un gran crimen que nunca esperó su ánimo.
Por nuestra parte, nosotros, desde Troya navegábamos
juntos el de Atreo y yo, con manifiesta amistad.
Mas, cuando a Sunio arribamos, sagrado cabo de Atenas,
allí al piloto de Menelao lanzó Febo Apolo
sus suaves venablos y muerte le dio
mientras asía el timón de la nave en derrotero,
a Frontis el de Onetor, que superaba a las huestes
en el gobierno de naves al romper de las tormentas.
Paró Menelao, por más que le apremiase el camino,
a enterrar al compañero y a tributarle honras fúnebres.
Mas no bien que el mar vinoso cruzaron, y a la alta cima
de Malea se llegaron raudos en las combas naves,
Zeus el de ancho mirar les mandó un odioso viaje
y propagó ráfagas de sonoros vientos
y olas hinchadas, monstruosas, que parecían montañas.
Tras de separar las naves, empujó a algunas a Creta,
donde moran los cidones en torno al curso del Yárdano.
Se alza del agua una peña que es elevada y lisa
cerca de Gortina, en el mar brumoso.
Y a su promontorio izquierdo lleva el Noto enormes olas,
a Festo, y una pequeña roca rasga el gran oleaje.
Allí dieron, y los hombres a duras penas sortearon
la muerte, y las olas destrozaron contra los escollos
las naves. Pero otros cinco bajeles de oscura proa
arribaron a Egipto llevados del viento y las aguas.
Y allí, Menelao, juntando muchas fortunas y oro,
vagó con sus naves entre hombres extraños.
En tanto, Egisto, en su casa, urdió aquel funesto crimen
y gobernó siete años Micenas, la rica en oro,
muerto el de Atreo, y las gentes domeñó bajo su mando.
Mas, por su desgracia, al año octavo, el divino Orestes
en su regreso de Atenas fue y al matador de padres
dio muerte, a Egisto el falaz, que mató a su ilustre padre.
Y, tras matarlo, dio a los argivos el banquete fúnebre
por su odiosa madre y el cobarde Egisto.
Tal día llegó Menelao, bravo en el grito de guerra,
con cuantos tesoros pudo estibar en sus navíos.
Y tú, hijo mío, no tardes mucho lejos de tu casa,
habiendo dejado allá tus tesoros y unos hombres
tan altaneros, no sea que todo te lo devoren
tras repartirse la hacienda, y tu viaje sea en vano.
Mas que te animo y te exhorto a ir junto a Menelao,
pues ha poco que tiene llegado de tierras extrañas,
de donde nadie en su ánimo esperaría tornar
si lo extraviaran las tempestades
en una mar tan abierta que las aves ni en un año
de allí podrían volver, pues es inmensa y terrible.
Marcha hasta él con tu nave y junto a tus compañeros;
mas si quieres ir por tierra, carros tienes y caballos
bajo tu mando, y mis hijos, que irán hasta la divina
Lacedemonia contigo, donde el rubio Menelao.
Hazle tú mismo la súplica para que hable sin falsía,
y no pronunciará engaños, que es hombre de gran prudencia.»

Tal dijo, y se puso el sol, y cayó la oscuridad.
Entonces dijo Atenea, la diosa de verdes ojos:

«Oh anciano, has relatado todo esto como es debido.
Mas, venga, cortad las lenguas y ahora mezclad el vino.
Para Poseidón libemos y los otros inmortales,
y pensemos en el lecho, que ya va siendo la hora,
y el sol se hunde en las sombras, y no conviene tardarse
mucho en el banquete de los dioses, mas que hay que acostarse.»

Dijo el retoño de Zeus, y atendieron sus palabras,
y los heraldos el agua les vertieron en las manos,
y los criados las crateras les coronaron de vino
y repartieron las copas tras de haberlas escanciado.
Al fuego echaron las lenguas y, puestos en pie, libaron.
Mas cuando hubieron libado, y bebido a sus antojos,
tanto Atenea y Telémaco, igual a un dios, desearon
regresar a la cóncava nave.
Pero Néstor los contuvo y los reprendió diciendo:

«¡Nos libre Zeus y nos libren los restantes inmortales
de que partáis de mi lado hacia la nave veloz,
cual de un completo desarrapado, cual de un pordiosero
que no tiene en su casa ni mantas sobradas ni colchas
para que él y sus huéspedes puedan dormir blandamente!
Mas yo tengo mantas y colchas hermosas,
y por cierto el caro hijo de aquel varón, de Odiseo,
no dormirá en el tablado de un bajel mientras yo viva,
o queden mis hijos en palacio
para hospedar a los huéspedes que hasta mi casa se lleguen.»

A esto contestó Atenea, la diosa de verdes ojos:

«Bien has hablado, anciano querido, y es menester
que te haga caso Telémaco: muy bella cosa sería.
Ahora marchará contigo, y dormirá en tus palacios.
Y yo hacia el veloz navío iré para darles ánimos
a los otros, y a decirles las palabras oportunas,
pues entre aquéllos me jacto sólo yo de ser más viejo,
y el resto de los varones que por amistad nos siguen
son todos de igual edad que el animoso Telémaco.
Allí mismo dormiré, en cóncava y negra nave.
Pero al alba he de partir hacia los bravos cicones
para cobrarme una deuda no reciente ni pequeña.
Y en cuanto a ti, ya que éste se ha llegado a tu morada,
mándalo con tus hijos y un carro, y dale caballos,
ligeros en el galope, los mejores por su fuerza.»

Tal dijo, y marchó volando Atenea de ojos verdes
con forma de ave rapaz, y a todos dio maravilla
de mirarla, y al anciano, no bien la vio con sus ojos.
Cogió la mano a Telémaco y le dijo estas razones:

«Amigo, de ti no espero que torpe seas, ni débil,
si así, de joven, los dioses te acompañan como guías.
Pues de los dueños de olímpicos palacios, quién va a ser ésta
sino la hija de Zeus, la célebre Tritogenia,
la que también a tu ilustre padre honró entre los argivos.
Oh reina, hazte propicia, y tráeme una noble fama,
a mí mismo y a mis hijos y a mi venerable esposa.
Y en tu honor inmolaré una novilla de año,
de ancha testuz, no domada ni uncida al yugo por nadie,
en tu honor, tras derramar oro en torno de sus cuernos.»

Tal pronunció en su plegaria y Atenea lo escuchara.
Marchó a la cabeza Néstor, el caballero gerenio,
de sus hijos y sus yernos, hacia su hermoso palacio.
Y cuando a la ilustre casa del monarca se llegaron,
tomaron uno tras otro sus sillas y sus sitiales.
Mezcló el anciano en cratera a sus huéspedes un vino
de dulce beber, que tras de once años
la dueña había destapado y desprendido del sello.
Mezcló el anciano, y libando mucho, suplicó a Atenea,
la hija de Zeus, dueño de la Égida.
Mas cuando hubieron libado y bebido a sus antojos,
cada cual marchó a acostarse hacia su propia morada.
Pero puso a dormir Néstor, el caballero gerenio,
al caro hijo del divino Odiseo, a Telémaco,
en un horadado lecho bajo el resonante pórtico
con Pisístrato el de fuerte lanza, príncipe de hombres,
que en palacio de sus hijos era el que aún andaba mozo.
Y Néstor a los adentros se metió de su alta casa,
mientras su esposa, la reina, le hacía el lecho y la cama.

Salió la hija del alba, la Aurora de dedos de rosa,
y del lecho se alzó Néstor, el caballero gerenio.
Se vino a tomar asiento en unas piedras pulidas,
ante los altos portones,
que eran blancas y lustrosas de aceites, donde otros tiempos
solía sentar Neleo, el de divinos dictámenes.
Mas éste, ya domeñado por la parca, bajó al Hades
y ahora sentaba Néstor gerenio, guardián de aqueos,
portando el cetro. Sus hijos se congregaron en torno
desde su aposento: Esquefrón y Estratio,
Perseo y Areto y Trasimedes, émulo de dioses,
y el héroe Pisístrato, que se llegó el sexto;
y con Telémaco, igual a un dios, sentaron al lado.
Entre ellos habló Néstor, el caballero gerenio:

«Apresuraos, hijos míos, y cumplidme mi deseo
por que me haga propicio a Atenea antes que a otros dioses,
la que al copioso banquete del dios se llegó en persona.
Mas, venga, marche uno al campo a por la res, y cuan presto
pueda, aquí nos la conduzca de su manada el vaquero.
Otro del negro navío del animoso Telémaco
nos traiga a todos sus hombres, y deje allí sólo a dos.
Y otro al orfebre Laerques lo llame para que acuda
a este lugar, y derrame oro en torno de los cuernos.
Y el resto se queden juntos, y manden a las criadas
en el ilustre palacio armar el festín magnífico
y traer sillas y leña, y acarrear agua clara.»

Tal dijo, y se apresuraron todos. Llegó del campo
la res; de junto al templado navío, los compañeros
del animoso Telémaco. Llegó el orfebre, llevando
las herramientas en mano, los útiles de su arte:
el yunque, el martillo, las buenas tenazas
con que trabajaba el oro. Y también llegó Atenea
para ver el sacrificio. Y Néstor, viejo jinete,
puso el oro que el orfebre vertió en torno de los cuernos,
bregado ya, para que el ornato gustara a Atenea.
Estratio y el divino Esquefrón la res por los cuernos
llevaron, y agua lustral trajo en florido cántaro
Areto de su aposento, y en la otra mano portaba
la cesta con la cebada. El valiente Trasimedes
se presentó con el hacha filosa para la víctima.
Perseo tenía el sangrario y Néstor, viejo jinete,
echó el agua y la cebada, y mucho rogó a Atenea,
dando inicio y arrojando pelo de testuz al fuego.
Mas cuando hubieron rogado y esparcido la cebada,
al punto el hijo de Néstor, el valiente Trasimedes,
le dio de cerca un mandoble y el hacha sesgó los músculos
del cuello, y sin fuerzas dejó a la novilla.
Gritaron hijas y nueras de Néstor, gritó la digna
esposa, Eurídice, que era la hija mayor de Climeno.
Alzaron a la res de la tierra de innúmeras sendas
y entonces la degolló Pisístrato, príncipe de hombres.
Ya la novilla sin negra sangre, y sin vigor sus huesos,
la despedazaron presto y le sajaron los muslos,
todo cual era costumbre, y los cubrieron de sebo
por ambos lados, y encima aprestaron las tajadas.
En leña lo asó el anciano, vertiendo fogoso vino,
y unos mozos sujetaban espetones de cinco astas.
Asados los muslos, cataron la entraña
y trocearon el resto, y en los astiles lo hincaron,
y lo asaron, en las manos los puntiagudos astiles.
En tanto, la bella Policasta bañaba a Telémaco
–de Néstor el de Neleo era la hija menor–,
y cuando lo hubo bañado y untado lustroso aceite,
le puso un hermoso manto y una túnica también.
Y salió de la bañera con portes de un inmortal
para acomodarse al lado de Néstor, pastor de gentes.
Luego, asada ya la carne del exterior, y apartada,
se sentaron al festín. Y hombres diestros se alzaban
a escanciar el vino en copas de oro.
Mas, satisfechas las ganas de comida y de bebida,
entre ellos habló Néstor, el caballero Gerenio:

«Venga, hijos míos, uncid caballos de hermosas crines
a un carro para Telémaco, que pueda hacer su viaje.»

Tal dijo, y ellos lo oyeron y le obedecieron raudos,
y uncieron a un carro veloces corceles,
y prontamente la dueña le guardó en él pan y vino
y cuanto comen los reyes, que son criados por Zeus.
Luego, al bello carruaje subió Telémaco, y junto
a él se puso Pisístrato de Néstor, príncipe de hombres,
y éste tomó las riendas
y fustigó a los caballos que de buen grado volaron
a las llanuras, dejando la alta ciudad de Pilo.
Por un día ambos corceles se avinieron al arnés.
El sol se puso y las sombras cubrieron todo camino,
y se llegaron a Fera, la morada de Diocles,
hijo de Ortíloco a quién había engendrado Alfeo.
Allí pasaron la noche, pues éste les dio hospedaje.
Salió la hija del alba, la Aurora de dedos de rosa
y uncieron las bestias y subieron al ornado carro,
y entre el zaguán avanzaron, y entre el resonante pórtico,
y él fustigó a los caballos que de buen grado volaron.
Se llegaron hasta un llano pleno de trigo, y allí
finó su viaje: tan raudos los llevaron los corceles.
Y el sol se puso y las sombras cubrieron todo camino.

© de la traducción, Juan Manuel Macías

Canto II

Noviembre 4, 2008 by Juan Manuel Macías

Salió la hija del alba, la Aurora de dedos de rosa
y de su lecho se alzó el querido hijo de Odiseo.
Se puso sus vestiduras y, al hombro, la aguda espada,
calzó en hermosas sandalias sus resplandecientes pies
y marchó del aposento con el aspecto de un dios.
Luego llamó a los heraldos, los de sonora garganta,
para anunciarles el ágora a los hirsutos aqueos.
Y la anunciaron y presto todos fueron congregándose.
No bien congregados y reunidos
fue Telémaco hacia el ágora, lanza de bronce en las manos,
no solo, mas con dos ágiles perros que le acompañaban.
Gracia de dioses vertía Atenea sobre él
y toda la muchedumbre lo admiraba cuando vino.
Sentó en el sitial del padre, cedido por los ancianos.
Entonces tomó razón entre ellos el héroe Egiptio,
encorvado de vejez y sabio en miles de cosas.
De él un caro hijo fuera con Odiseo, igual a un dios,
en las cóncavas naves a Ilión de buenos corceles,
Antifo guerrero, a quien el cíclope montaraz
mató en hueca cueva, y fue la última de sus cenas.
Otros tres hijos tenía, uno entre los pretendientes,
Eurínomo, y los restantes labraban para su padre,
mas no se olvidó de aquél y entre lamentos penaba.
Derramando lágrimas habló:

«Oídme ahora, itacenses, lo que yo os voy a decir:
nunca se convocó nuestro ágora, ni hubimos asiento en ella
desde que en cóncavas naves partió el divino Odiseo.
Mas, ¿quién la convoca hoy, y a quién tanta falta le hace?
¿Es un joven varón o un anciano?
¿Acaso escuchó noticias de la vuelta del ejército
y quiere a todos decirlas, al enterarse el primero?
¿O alguna otra cosa pública nos manifiesta y proclama?.
Para mí que es hombre honrado y provechoso. ¡Que Zeus
lleve a buen fin cuanto está en sus mientes!.»

Tal dijo, y plugo su hablar al caro hijo de Odiseo,
quien no estuvo más sentado, ansioso de intervenir,
y se alzó en medio del ágora, cetro en mano que le diera
el heraldo Pisenor, versado en consejos sabios.
Y entonces, primeramente hablando al anciano, dijo:

«Oh anciano, este varón no está lejos, y presto sabrás
quién ha convocado al pueblo: soy yo, que mucha es mi pena.
Y yo no escuché noticias de la vuelta del ejército,
ni quiero a todos decirlas, al enterarme el primero,
ni alguna otra cosa pública os manifiesto y proclamo.
Mas bien es por necesidad mía, pues que dos desgracias
han dado en mi casa: una la muerte de mi buen padre,
que con paterna bonanza reinara sobre vosotros;
y otra, la de ahora, más grande, es la que pronto mi casa
entera va a destruir y arruinar mis bienes todos.
Mal de su grado a mi madre se le echan los pretendientes,
hijos amados de los mejores hombres de esta tierra.
Miedosos de ir a la casa del padre suyo, de Icario,
para que dote a la hija y la entregue a quien él quiera
y a ella le venga en agrado,
frecuentan nuestro palacio cada día, y sacrifican
bueyes y ovejas y gordas cabras,
y hacen festines, y beben fogoso vino alocados,
y todo se va a la ruina, pues ningún varón tenemos
cual Odiseo, que aparte la perdición de la casa.
Yo no soy quién para tal empresa,
que me vería un desdichado, ignorante de batallas.
De cierto los echaría si las fuerzas me amparasen,
pues ni se aguantan los hechos acumulados ni es bello
que mi morada se arruine. Indignaos también vosotros.
Avergonzaos entre los demás varones, vecinos
que habitan alrededor. Temed la ira de los dioses,
no sea que reaccionen irritados por los malos actos.
Os lo suplico por Zeus el Olímpico y por Temis,
la que disuelve y congrega los concilios de los hombres.
Teneos, amigos, dejadme solo con mi triste duelo,
a menos que el padre mío, el valeroso Odiseo,
les hubiese a malquerencia hecho daño a los aqueos
de buenas grebas y, en pago, me hacéis daño a malquerencia
empujando a éstos, pues mejor sería
que fuesen para vosotros mis rebaños y mis bienes,
que si os los comieseis algún día me compensaríais,
pues por toda la ciudad os rogaría de palabra
para reclamar mi hacienda hasta que volviese entera.
Mas vuestro daño de ahora no se cura de palabra.»

Tal dijo lleno de cólera, y arrojó el cetro a la tierra
roto en lágrimas, y el pueblo entero se movió a lástima.
Entonces todos callaron, y nadie osó contestar
con duras palabras a Telémaco
salvo Antínoo que, en respuesta, dijo:

«Telémaco fanfarrón, frena tu ímpetu. ¿Cómo hablas
para nuestra deshonra? ¡Una infamia tú quieres colgarnos!
Pero no tienen la culpa los aqueos pretendientes,
la tiene la madre tuya, en astucias muy versada,
pues ya es el año tercero, y pronto va a ser el cuarto,
que ella engaña al corazón bajo los pechos aqueos.
A todos les da esperanzas y a cada varón promete
mandando mensajes, mas sus mientes traman otras cosas.
Y en su ánimo, además, maquinó esta estratagema:
se dedicó en el palacio a tejer una gran tela,
delicada y sin medida, y no se esperó a decirnos:
`mis jóvenes pretendientes, pues que el divino Odiseo
ha muerto y mi boda os urge, aguardad a que termine
esta tela, y no se arruinen absurdamente los hilos,
mortaja del héroe Laertes para cuando le sorprenda
la funesta parca de la triste muerte,
no sea que por el pueblo las aqueas se enfurezcan
si yaciera sin sudario quien tantas cosas ganara.’
Tal nos dijo y persuadió nuestro ánimo varonil.
Entonces, día tras día, trabajaba en la gran tela,
mas, noche tras noche, a las candelas, la deshilvanaba,
y así a los aqueos por tres años ocultó su trampa.
Pero, al cuarto año y a la vuelta de las estaciones,
nos lo contó una de las mujeres, que bien lo sabía,
y la sorprendimos destejiendo la espléndida tela.
Y así, a su pesar, tuvo que acabarla.
En cuanto a ti, ésta es la respuesta de los pretendientes,
para que la entienda tu ánimo y todo aqueo la entienda:
regresa a tu madre a casa y hazla que tome de esposo
a quien su padre le indique y a ella misma le complazca,
mas si va a herir largo tiempo a los vástagos aqueos,
a sabiendas en su ánimo de lo que le dio Atenea
–maestría en labores bellas, un sobresaliente ingenio
y una astucia que nunca hemos oído
que en otro tiempo tuvieran las bientrenzadas aqueas,
cuales Tiro y Alcmena y Micene la bien coronada,
que ningún ardid de éstas se iguala a los de Penélope–;
si es lo que va a hacer, entonces no tuvo una idea feliz,
pues tus bienes y tu hacienda van a serte devorados
en tanto siga con este juicio que ahora en su pecho
le ponen los dioses. Y gran fama para ella quedara,
mas para ti sólo la nostalgia de tus muchos bienes.
Y ni a lo nuestro volvemos ni a lado alguno nos vamos
mientras no se case con ningún aqueo.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Antínoo, no puedo echar mal de su grado de casa
a aquélla que me ha parido, a aquélla que me ha criado.
En otras tierras mi padre vive o ha muerto, mas duro
será lo mucho que a Icario he de pagar si la envío,
pues si hay males por mi padre, también vendrán de lo alto,
que mi madre invocará a las horribles Erinias
al marcharse, y me caerá la indignación de los hombres.
Yo no daré tal mandato.
Y si esto os irrita en vuestro ánimo,
abandonad el palacio y cuidaos de otros festines,
y comeos mutuamente los bienes de vuestras casas.
Y si os parece mejor y más ajustado esto,
que arruinéis impunemente los bienes de un hombre solo,
devastad, que yo a los dioses eternos voy a clamar
por si Zeus diera algún día castigo a vuestras acciones,
y entonces podríais ser muertos en palacio, impunemente.»

Tal dijo Telémaco, y mandó Zeus de ancho mirar
a emprender vuelo dos águilas desde las cumbres de un monte.
Ambas un tiempo volaron junto al soplo de los vientos,
la una cabe la otra, con las alas extendidas.
Mas cuando al medio llegaron del ágora bulliciosa,
giraron batiendo sus tupidas alas,
y observaban todas las cabezas, y auguraban muerte.
Se desgarraron los rostros y los cuellos con sus uñas
y marcharon a la diestra por la ciudad y sus casas.
Se asombraron todos de las aves, vistas por sus ojos,
y movieron en sus mientes qué habría de suceder.
Tomó razón entre ellos el viejo héroe Haliterses,
el de Mástor, que era el único de su edad que descollaba
en saber de aves y en decir de agüeros.
De buen ánimo hacia ellos, habló iniciando su arenga:

«Oídme ahora, itacenses, lo que yo os voy a decir,
y sobre todo hablaré muy claro a los pretendientes,
pues un gran padecimiento rueda hacia ellos, que Odiseo
no va a estar por mucho tiempo alejado de los suyos,
sino que, tal vez ya cerca, les siembra a todos aquéllos
su muerte y su desventura. Y también males habrá
para otros muchos que pueblan la bien divisable Ítaca.
Pero antes pensemos cómo les haríamos desistir,
o desistan ellos mismos, que les sería lo mejor.
Y no sin causa adivino, mas buen sabedor lo hago,
pues afirmo que es cumplido lo que a aquél le adivinara,
cuando hacia Ilión embarcaron los argivos, y con ellos
marchó el astuto Odiseo.
Le dije de muchos males, de la muerte de los suyos
y que en el año vigésimo, irreconocible a todos,
volvería a casa. Y ahora ya todo se va cumpliendo.»

Y contestó Eurímaco, el hijo de Pólibo:

«Oh anciano, marcha a tu casa y adivina a tus retoños,
que no sufran males en el porvenir.
Para adivinar ahora soy muy superior a ti.
Muchas aves deambulan bajo la lumbre del sol
y no todas son de agüero. Allende ha muerto Odiseo,
cual tú también deberías desaparecer con él:
no pronunciarías tamaños oráculos
ni al iracundo Telémaco incitarías, en espera
del regalo que enviara a tu casa.
Mas cuanto voy a decirte, lo vas a tener cumplido:
tú, de muchos y añosos saberes, si a un hombre más joven
con palabras de consejo le hostigaras en su cólera,
tendría de entrada mayores quebrantos
y nada podría, en cualquier caso, gracias a tu agüero.
Y a ti, oh anciano, te impondríamos multa que en el ánimo
te costaría pagarla, y tendrías arduos sufrimientos.
Y a Telémaco, ante todos, yo mismo le doy consejo:
que ordene a la madre suya regresar junto a su padre,
y le prepararán boda, y dote le dispondrán
muy grande, cual corresponde que acompañe a una hija amada.
Y no pensamos cejar, en tanto, los hijos aqueos
en nuestra dura demanda, que a nadie tenemos miedo,
no a Telémaco de cierto, por muy hablador que sea,
ni atendemos a los vaticinios, que tú, oh anciano,
pronuncias sin fundamento haciéndote aún más odioso.
Y su hacienda seguirá de mala forma comiéndose
y ya nunca será igual, mientras ella a los aqueos
distraiga sus bodas, mas nosotros, cada día esperando,
seguiremos riña por sus méritos
y a otras no pretenderemos, que nos convengan de esposas.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Eurímaco y los restantes, que ilustres sois pretendientes,
en esto ni os hago súplica ya más ni os doy parlamento,
pues que lo saben los dioses y todo aqueo lo sabe.
Mas ahora una veloz nave dadme, y veinte camaradas
que me conduzcan allá y acullá de los caminos,
pues me dirijo hacia Esparta, y hacia la arenosa Pilo
a preguntar por mi padre, que en mucho tiempo es ausente,
si algún mortal me contara o si escuchara la fama
que viene de Zeus, la que más fiables noticias da al hombre.
Si acerca de mi padre escuchara que vive y que vuelve
me aguantaré los pesares todavía por un año.
Mas si escuchara que ha muerto y escuchara que no existe,
volveré a mi tierra patria
y alzaré para él un túmulo, y tributaré honras fúnebres,
muchísimas, cuantas debo, y daré esposo a mi madre.»

Tal dijo y se sentó, y ante ellos
se alzó Méntor, camarada del intachable Odiseo,
quien, al zarpar en las naves, le confió entera su hacienda
por que al anciano acataran y él se la guardase intacta.
De buen ánimo hacia ellos, habló iniciando su arenga:

«Oídme ahora, itacenses, lo que yo os voy a decir:
no sea ya más benévolo ni blando ni bondadoso
ningún rey que porte el cetro, ni vean justicia sus mientes;
antes bien: siempre sea duro e inicuas sus obras sean
pues del divino Odiseo no hay nadie ya que se acuerde,
del que reinó con paterna bonanza sobre las gentes.
Mas no así de los altivos pretendientes abomino
los atropellos que mueven sus urdidas artimañas,
exponiendo su cabeza al devorar con violencia
la morada de Odiseo, y al decir que él ya no vuelve.
No así como me indigno del resto del pueblo, sentados
en silencio y que no les habláis a los pretendientes
y los frenáis, que son pocos y vosotros mayoría.»

A esto le contestó Leócrito el de Evenor:

«Mentor, infame, perturbador de mientes, ¿cómo hablas
incitándoles a que nos frenen? Mas sería difícil
aun con tantos hombres combatirnos por nuestros festines.
Y si el mismo Odiseo de Ítaca
topara con el banquete de los nobles pretendientes,
y maquinara en su ánimo echarnos de su palacio,
no se holgaría su esposa, por más que ansiara su vuelta,
pues que éste se encontraría con una muerte ruín
si con tantos batallara. No es sensato lo que hablas.
Mas, venga, todos dispérsense, cada cual a sus negocios,
y aquél a emprender viaje, que Méntor lo animará
y Haliterses, siempre amigos suyos por mor de su padre.
Pero si más tiempo en Ítaca se quedase, creo yo,
escucharía noticias y no haría este viaje.»

Tal dijo, y se disolvió con prontitud la asamblea.
Cada cual marchó a su propia casa
y los pretendientes a ésa la del divino Odiseo.
Mas Telémaco se fue cabe la orilla del mar,
sus manos lavó en las grises aguas y rogó a Atenea:

«¡Escucha mi ruego, diosa, que ayer viniste a mi casa
y me mandaste surcar en nave los umbríos mares
a preguntar por mi padre, que en mucho tiempo es ausente,
pues todo lo arruinan los aqueos,
y, entre ellos, los malditos y altaneros pretendientes!»

Tal pronunció en su plegaria, y se le acercó Atenea,
con el aspecto de Méntor en su cuerpo y en su voz,
y hablándole a él le dijo estas aladas palabras:

«Telémaco, en adelante torpe no has de ser, ni incauto,
si acaso tienes adentro el buen temple de tu padre,
con que llevaba a su término las obras y las palabras.
No llama el camino en vano ni quedará intransitado.
Si de aquél no eres el vástago, ni lo eres de Penélope,
esperanzas no te doy para cumplir tus proyectos,
que en verdad hay pocos hijos igualados a sus padres,
los más son peores, los menos son mejores que sus padres.
Mas porque tú en adelante torpe no has de ser ni incauto,
ni en absoluto te faltan los ingenios de Odiseo,
ten fe en que cumplirás esta empresa.
No te preocupen las trazas ni la intención de los locos
pretendientes, insensatos y que no obran en justicia,
ni se enteran que está cerca la muerte y la negra parca,
y que todos caerán en un día.
No más ha de demorarse el camino que deseas,
pues tan grande amigo soy de ti por mor de tu padre
que armaré veloz navío y yo mismo iré contigo.
Mas ahora marcha al palacio y trata a los pretendientes,
y apresta las provisiones y búscales su vasija:
vino en ánforas y harina, que es el vigor de los hombres,
en apretados pellejos. Yo raudo iré por el pueblo
a juntar los voluntarios. Muchas naves hay en Ítaca,
la cercada por el mar: las hay nuevas y vetustas.
Yo escogeré la mejor de todas
y, armada presto, la botaremos al mar anchuroso.»

Tal dijo Atenea, hija de Zeus,
y Telémaco no esperó mucho tras oír a la diosa,
y marchó hacia su morada con pena en el corazón.
Encontró a los altaneros pretendientes en palacio,
en el patio, desollando cabras y asando marranos.
Entonces Antínoo fue riéndose a por Telémaco,
y le tomó de la mano, y le nombró, y le dijo esto:

«¡Telémaco fanfarrón, frena tu ímpetu, no ocupen
sólo obras malas tu pecho, ni ocupen malas palabras!
Antes bien, come conmigo y bebe, tal como antes,
y los aqueos con creces te cumplirán todo esto:
navío y remeros escogidos para que muy pronto
marches a Pilo sagrada a oír de tu ilustre padre.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Antínoo, no puedo entre vosotros, soberbios cual sois,
hacer festín en silencio, deleitarme sin cuidados.
¿No os bastó con corroer antes muchos y preciados
bienes míos, pretendientes, en tanto yo era un mozuelo?
Pero ahora, que soy mayor, y oigo palabras de otros,
y voy comprendiendo, y crece el ánimo en mis entrañas,
trataré de enviaros las funestas parcas,
bien marchándome hacia Pilo, bien entre el pueblo quedándome.
Soy pasajero –y no en vano haré el viaje de que hablo–,
que dueño no soy de nave ni dueño de remadores,
como os pareció a vosotros que era lo más apropiado.»

Dijo entonces, y zafó su mano de la de Antínoo
fácilmente. En el palacio, con el festín atareados,
los pretendientes se le mofaban y hacían denuestos,
mas así empezó a hablar uno de los arrogantes jóvenes:

«Cierto que trama Telémaco para nosotros la muerte
y se traerá protectores desde la arenosa Pilo
o desde Esparta, que está sobremanera arrojado.
O, tal vez, quiera hasta Éfira, fecunda tierra, arribar
y traerse de allí pócima mortal
para echarla en las crateras y aniquilarnos a todos».

Y, por su parte, habló otro de los arrogantes jóvenes:

«¿Quién sabe si, al irse en cóncava nave,
morirá allende los suyos, errante como Odiseo?
Así se acrecentaría mucho más nuestro trabajo,
pues repartiríamos sus bienes todos, y esta casa
la daríamos a su madre y a quien la hiciera su esposa».

Tal decían, y él bajó a las regias bodegas del padre,
inmensas, donde yacían montones de oro y de bronce,
vestiduras en arcones, copioso y fragante aceite.
Y las tinajas de vino añejo y dulce al beber,
repletas del puro brebaje de dioses,
se erguían en fila cabe el muro, si acaso Odiseo
regresaba al hogar fatigado de muchos quebrantos.
Las dos hojas de la puerta estaban bien encajadas
y allí una mujer estaba, la dueña, que noche y día
con mientes de mucha ciencia todo aquello
guardaba: Euriclea, la hija de Ops el de Pisenor.
Le dijo entonces Telémaco, tras llamarla a las bodegas:

«Aya, venga, vierte en ánforas dulce vino para mí,
el más sabroso tras el que guardas
para el desdichado aquel, si de algún lugar viniese
Odiseo, casta de Zeus, burlando la muerte y la parca.
Lléname doce de ellas y a todas ponles su tapa.
Y harina échame en sacos que sean de buena costura,
veinte medidas de harina de trigo molido cuenta.
Sábelo tú solamente y apréstalo todo junto,
pues al caer de la noche lo cogeré, cuando marche
mi madre al piso de arriba con idea de acostarse.
Que me dirijo hacia Esparta y hacia la arenosa Pilo
a indagar sobre mi padre, si se sabe de su vuelta.»

Tal dijo, y echó a llorar Euriclea, su nodriza,
y entre sollozos le dijo estas aladas palabras:

«¿Por qué, hijo mío, llenaste las mientes de tal idea?
¿Y a dónde quieres marchar por la tierra numerosa,
hijo único y amado cual eres? Lejos de aquí
Odiseo, casta de Zeus, ha muerto en un pueblo extraño.
Si marchas tú, pronto aquéllos te urdirán calamidades
para matarte en celada y repartirse todo esto.
Mas quédate entre lo tuyo, que necesidad no tienes
de sufrir y de ir errante por el infecundo mar.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Ánimo, aya, que este plan no viene sino de un dios.
Pero jura que a mi madre no se lo vas a contar
hasta que no pasen once o doce días,
o de mí sienta añoranza y oiga que me he marchado,
a fin de que ella no llore ni dañe su hermosa tez.»

Tal dijo, y prestó la anciana gran juramento de dioses.
Mas no bien hizo los votos y terminó de jurar,
rauda le vertió el vino en las ánforas
y le echó la harina en sacos que eran de buena costura.
Y al salón volvió Telémaco, junto con los pretendientes.
Entonces urdió otro plan Atenea de ojos verdes.
Asemejada a Telémaco fue por toda la ciudad
y se acercó a varios hombres, y les dijo unas palabras,
que a la noche se juntasen cabe la nave veloz.
Luego le pidió a Noemón, ilustre hijo de Fronio,
la nave veloz, y él se la cedió de buen grado.
Se puso el sol y las sombras cubrieron todo camino.
En eso, el raudo bajel botó al mar y le instaló
cuanto aparejo acarrean los bien bancados navíos.
Lo llevó al final del puerto y, al lado, se congregaron
los audaces compañeros. Y les apremió la diosa.
Entonces urdió otro plan Atenea de ojos verdes.
Marchó hacia el palacio del divino Odiseo, y allí
envió un dulce sueño a los pretendientes,
les aturdió al beber y las copas soltó de sus manos.
Por la ciudad a acostarse se fueron, pues no podían
seguir sentados, que el sueño caía sobre sus párpados.
Pero le dijo a Telémaco Atenea de ojos verdes,
tras llamarlo a que saliera del bien morable palacio,
con el aspecto de Méntor en su cuerpo y en su voz:

«Telémaco, ya tus compañeros, los de buenas grebas,
se sientan junto a sus remos, en espera de tu mando.
¡Vayamos, no por más tiempo demoremos el viaje!»

Dijo, y Palas Atenea marchó al frente con presteza
y caminaba Telémaco tras las huellas de la diosa.
Una vez que se llegaron ante la nave y el mar,
hallaron a los hirsutos compañeros en la orilla,
y para ellos habló el fuerte y sacro Telémaco:

«Amigos, venga, traigamos las provisiones, pues todas
están juntas ya en palacio. Mi madre no está enterada
ni las criadas, salvo una que ha escuchado mis razones.»

Tal dijo, y se puso al frente, y ellos marcharon tras él.
Acarrearon con todo y en la bien bancada nave
lo pusieron cual quiso el querido hijo de Odiseo.
Luego se embarcó Telémaco, marchando tras Atenea,
la cual se sentó en la popa, y él lo hizo a su lado.
Los otros soltaron las amarras
y fueron ocupando sus bancos.
Viento propicio les trajo Atenea de ojos verdes,
el bravo Céfiro, que rugía por el mar vinoso.
Instó a los suyos Telémaco a fijar los aparejos,
y obedecieron su mando.
El mástil de abeto hincaron al hueco del travesaño,
lo alzaron hasta erigirlo y lo amarraron con cables.
Desplegaron blanca vela con drizas de buen trenzado.
El viento la hinchó y las olas púrpuras clamaban alto
en torno a la quilla, al marchar la nave.
Y ésta, a través de las olas, se hizo a la singladura.
Ya fijos los aparejos del raudo y negro bajel,
alzaron crateras colmadas de vino,
y libaron para los eternos dioses inmortales,
sobre todo para la hija de Zeus, la de verdes ojos.
Y de la noche a la aurora siguió su rumbo la nave.

© de la traducción, Juan Manuel Macías

Canto I

Mayo 16, 2008 by Juan Manuel Macías

Habla, Musa, de un varón de ingenios, que mucho tiempo
vagara tras saquear el sacro bastión de Troya
y viera muchas ciudades de los hombres, y supiera
de sus quehaceres, y mucho quebranto hallara en la mar
en pos de la propia vida y el retorno de los suyos;
pero a éstos no los salvó, por más que porfiara en ello
y perecieron a causa de su propia insensatez,
locos, que del Sol, hijo de Hiperión,
las vacas comieron, y él les quitó el día de vuelta.
Cuéntanos siquiera un poco, diosa, retoño de Zeus.

Aquel tiempo, los que huyeron de un escabroso final
en su hogar estaban salvos de la batalla y los mares,
mas del regreso y la esposa sólo uno andaba falto:
la señora Calipso, una ninfa divina entre diosas,
lo paraba en hueca cueva, queriéndolo por esposo.
A la vuelta de los años, cuando llegó el que los dioses
decretaran que zarpara rumbo a su hogar, rumbo a Ítaca,
ni aun entonces se libró de sus trabajos, ni estando
ya entre los suyos. Los dioses se compadecían de él,
todos salvo Poseidón, que siempre estaba furibundo
contra el divino Odiseo en los días de su vuelta.
Mas aquél había marchado con los remotos etíopes
–los que en dos pueblos se parten, los más extremos de todos:
uno hacia el poniente de Hiperión, otro hacia el levante–,
para presenciar matanza de toros y de corderos.
Mientras gozaba el festín, hacían los otros dioses
concilio en las salas de Zeus Olímpico.
Entre ellos tomó razón el padre de dioses y hombres
con un recuerdo en el ánimo para el renombrado Egisto,
a quien el de Agamenón matara, el famoso Orestes.
Acordándose de él, dijo así a los inmortales:

«¡Ay, cómo a los dioses culpan los mortales, pues afirman
que les traemos las desgracias! Pero es que son ellos mismos,
con su extravío, los que tienen males que el Hado no ordena.
Como tampoco ha ordenado que Egisto a la esposa lícita
del de Atreo desposara, y a éste matara en su vuelta,
aun sabiendo el fin horrible que nosotros le advertimos,
cuando le enviamos a Hermes, el rápido centinela,
para que ni a aquél matase, ni pretendiera a la lícita,
pues de Orestes su ruina iba a venir, del de Atreo,
tan pronto diera en sazón y en querencia por su tierra.
Esta razón trajo Hermes –gran consejo–, pero a Egisto
no le movió de sus mientes y las pagó todas juntas.»

A esto contestó Atenea, la diosa de verdes ojos:

«Oh, padre nuestro, el de Crono, el más alto de los reyes,
aquél por lo menos yace en muy apropiada muerte:
así mueran también otros que tales obras hiciesen.
Pero se me parte el pecho por el capaz Odiseo,
infeliz, que, ya hace tiempo, lejos de los suyos, pena
en una isla cercada por olas, del mar ombligo,
isla con árboles, donde hace mansión una diosa,
la hija del terrible Atlante, el que de todos los mares
los fondos conoce, el que sujeta
las grandes columnas que la tierra y el cielo separan.
La hija suya lo retiene desdichado y quejumbroso
y, usando tiernos decires y lisonjas, sin parar
lo hechiza, para que a Ítaca olvide, pero Odiseo,
ansioso por ver el humo levantarse de su tierra,
ya quiere morir. ¿Y no te conmueve
esto el corazón, Olímpico? ¿No te era grato Odiseo
si hacía sacras labores cabe las naves aqueas
en la inmensa Troya? ¿A qué tanto odio contra él, oh Zeus?»

A esto le contestó Zeus, el que amontona las nubes:

«¿Qué palabras salieron del cerco de tus dientes, hija?
¿Cómo al divino Odiseo lo echaría yo en olvido,
que en tanto saber despunta de los mortales, y tanto
sacrificara a los dioses, dueños del inmenso cielo?
Pero Poseidón, que ciñe la Tierra, siempre está airado
porque al cíclope del ojo despojara, a Polifemo,
igual a un dios y de todos los cíclopes el más fuerte.
Lo parió la ninfa Toosa, hija de Forco,
señor del mar infecundo,
tras tener con Poseidón encuentro en combada cueva.
Y Poseidón, que agita la Tierra, no mata a Odiseo,
mas lo lleva errante, lejos de su patria.
Pero, ¡pronto!, meditemos todos sobre su vuelta,
cómo será, y Poseidón abandonará su cólera,
que un solo dios no podrá porfiar en su querella
a despecho de todos los dioses.»

A esto contestó Atenea, la diosa de verdes ojos:

«Oh, padre nuestro, el de Crono, el más alto de los reyes,
si a los bienaventurados dioses les agrada esto,
que el sagaz Odiseo regrese,
apremiemos entonces a Hermes, el veloz heraldo,
hacia la isla Ogigia, para que cuan presto pueda
dé a la bientrenzada ninfa nuestro dictamen veraz:
que Odiseo el astuto regrese y emprenda camino.
Yo, en tanto, partiré a Ítaca y exhortaré mucho al hijo,
y audacia le infundiré en su pecho,
para que al ágora llame a los hirsutos aqueos
y a los pretendientes eche, que sin parar le degüellan
mucha oveja y buey de cuernos rizados y andar rodante.
Y lo llevaré hasta Esparta, y hasta la arenosa Pilo,
que indague sobre su padre, si se sabe de su vuelta,
y que se gane una honrosa nombradía entre los hombres.»

Tal dijo, y calzó las bellas sandalias
de oro, maravillosas, que sobre el mar la llevaban
y sobre la tierra innúmera, con el soplo de los vientos.
Y asió la potente lanza de aguda punta de bronce,
pesada y grande y maciza, con que domeña las filas
de héroes cuando se enfada la hija de un padre invencible.
Descendió veloz las cumbres olímpicas
y se paró en el zaguán de Odiseo en el pueblo de Ítaca,
en el camino del patio, lanza en mano y el aspecto
igual al de un forastero: a Mentes, rey de los Tafios.
Encontró a los altaneros pretendientes que, a las puertas,
jugando a los dados distraían su ánimo,
sentados en los pellejos de bueyes que habían matado.
Y, para ellos, heraldos y diligentes criados
en las crateras el vino se lo mezclaban con agua,
mientras que otros, con esponjas de muchos ojos limpiaban
mesas, y las disponían para trinchar toda carne.
La vio el primero de todos Telémaco, igual a un dios,
que se encontraba abatido de corazón entre aquéllos,
figurándose que el padre valiente, de algún lugar,
venía y los dispersaba por la estancia, y dignidad
recobraba, y mando sobre sus tesoros.
Pensaba así entre los pretendientes cuando vio a Atenea.
Se fue derecho al zaguán con el ánimo indignado
porque quedara de pie un forastero a las puertas.
La tomó de la diestra y le acogió la broncínea
lanza y, hablándole, dijo estas aladas palabras:

«Salud, extranjero, aquí serás bienvenido, y cuando
acabes con el festín nos dirás qué es lo que buscas.»

Tal dijo, y marchó, y tras él iba Palas Atenea.
Y cuando estaban ya dentro de la morada magnífica
la lanza le colocó cabe una enorme columna,
en bien labrado astillero, allí donde muchas lanzas
del sufrido Odiseo se erguían.
La condujo hasta un sitial tras desplegarle debajo
fino lienzo y colocarle escabel para los pies.
Se acercó una ornada silla, todo lejos de los otros,
no fuera que al forastero le disgustase el festín
con el estrépito, estando entre aquellos arrogantes,
y también por preguntarle acerca del padre ausente.
Con bella jarra de oro les dispensó una sirvienta
aguamanos en fuente de plata,
y les dispuso una mesa pulimentada ante ellos.
Y la venerable dueña les trajo pan y ofreció
mucha vianda, complaciéndolos con lo que tenía a su guarda.
Y el trinchador les tendía todo género de carnes
y al lado ponía copas de oro,
y el heraldo muchas veces se las llenaba de vino.
En esto fue cuando entraron los altivos pretendientes.
Tomaron uno tras otro sus sillas y sus sitiales,
y los heraldos el agua les vertían en las manos,
y las esclavas el pan les hacinaban en cestos,
y los criados las crateras les coronaban de vino.
Y ellos echaron mano a los platos que bien les sirvieron.
Mas, satisfechas las ganas de comida y de bebida,
en sus mientes de otras cosas se cuidaron,
de los cantos y las danzas, remate de los festines.
Un heraldo la hermosísima cítara puso en las manos
de Femio, quien, obligado, cantó ante los pretendientes,
y era una hermosa canción la que sus cuerdas alzaban.
Mientras, le hablaba Telémaco a Atenea de ojos verdes,
juntando cabeza para que los otros no lo oyesen:

«Mi huésped, ¿te enfadarás por lo que voy a decirte?
De tales cosas éstos se cuidan, de cítara y cantos,
sin coste, que impunemente gastan una hacienda ajena,
la de un hombre cuyos blancos huesos desgasta la lluvia
en tierra firme, o se mecen con las olas en el mar.
Si esos le vieran venir a Ítaca,
todos iban a implorar ser más ligeros de pies
que cargados de oro y vestiduras.
Mas muerto está por su mala parca,
y no nos queda esperanza, y aunque alguno de esta tierra
diga que vendrá, no existe el día de su regreso.
Pero, vamos, respóndeme a esto, y habla sin falsía:
¿Entre los hombres quién eres y de dónde? ¿Y tu ciudad?
¿Y tus padres? ¿En cuál nave arribaste? ¿Y qué marinos
te trajeron hasta Ítaca? ¿Quiénes se jactan de ser?
–que hasta aquí no habrás venido a pie, me figuro yo–.
Y refiéreme sincero esto, para que me entere:
¿es tu primera visita o ya de mi padre has sido
huésped? Que muchos varones conocían nuestra casa,
ya que aquél trataba con los otros hombres.»

A esto contestó Atenea, la diosa de verdes ojos:

«Muy verazmente estas cosas yo te las referiré.
Mentes me jacto de ser, hijo del audaz Anquíalo,
y reino sobre los Tafios, querenciosos de los remos.
He llegado con mi nave y junto a mis compañeros
surcando el vinoso mar hacia hombres de hablar extraño,
hacia Témesa, a por bronce, portando fulgente hierro.
Anclada está junto al campo, de la ciudad apartada,
mi nave en el puerto Retro, al pie del Neyo boscoso.
Presumimos de que fueron nuestros padres mutuos huéspedes
desde el principio y, si no, pregúntale al viejo héroe
Laertes, de quien se dice que ya no va a la ciudad,
pues que habita alejado en el campo, sufriendo sus penas,
junto a su vieja criada, la que alimento y bebida
le sirve cuando el cansancio hace presa de sus miembros
por arrastrar la rodillas entre las pródigas vides.
Y ahora he venido aquí, pues me han dicho que ya entre vosotros
tu padre está, mas un dios ha de trabarle el camino,
que aún no ha muerto el divino Odiseo sobre la Tierra:
está vivo y retenido en el anchuroso mar,
en isla cercada de olas, preso de malos varones,
salvajes, que a fuerza lo tienen cogido.
Mas pronosticaré ahora lo que en las mientes los dioses
me han puesto, y yo creo que se ha de cumplir,
aunque no soy adivino ni en agüeros enterado:
ya no por mucho tiempo estará lejos de su patria,
por más que lo aten cadenas de hierro;
ya sabrá cómo volver, que es hombre de mucho ingenio.
Pero, venga, respóndeme a esto, y habla sin falsía,
que si eres el hijo del propio Odiseo,
pues es asombroso cómo en cabeza y en bellos ojos
te le pareces a él. A menudo nos tratábamos
antes de que embarcara hacia Troya, allá donde otros
príncipes de los argivos fueron en cóncavas naves.
Desde aquellos días no nos hemos visto.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Muy verazmente, extranjero, te referiré estas cosas:
dice mi madre que de él yo soy hijo, y no sé más,
pues nadie por cuenta propia pudo conocer su origen.
¡Ojalá yo fuera el hijo de un venturoso varón
que en posesión de sus bienes se llegara a la vejez!
Pero ahora vengo del más infeliz de los mortales:
eso es lo que dicen, ya que lo preguntas.»

A esto contestó Atenea, la diosa de verdes ojos:

«No te han dispuesto los dioses un linaje sin renombre
cuando de tal guisa te parió Penélope.
Pero, venga, respóndeme a esto y habla sin falsía:
¿Qué festín y qué tropel es éste, y a qué viene?
¿Es un convite o una boda? Pues lo que hay no es a escote.
Para mí que los que comen arrogantes por palacio
se están burlando, y un hombre se indignaría de ver
sus muchas infamias, si fuera sensato.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Pues que me preguntas esto, extranjero, y me lo inquieres,
esta casa habría de ser acaudalada y sin tacha
una vez, mientras aquél permaneció entre nosotros;
mas es otro el sentir de los dioses ahora, al tramar
males, y lo han convertido en el varón más sin nombre,
que no estaría tan triste si hubiera muerto vencido
junto con sus compañeros en la población de Troya
o en los brazos de los suyos, al término de la guerra.
Le hubieran alzado un túmulo los aqueos todos, y al hijo
le hubiera quedado enorme fama.
Pero lo han llevado las harpías, sin gloria, y ha muerto
anónimo, oculto, y me ha dejado pesares y llanto.
Y no sólo por aquél penando me aflijo, porque
los dioses me han dispuesto otros males:
cuantos príncipes gobiernan en las islas, y en Duliquio,
y en Same, y en Zacinto boscosa,
y también cuantos imperan en la pedregosa Ítaca,
quieren a mi madre y arruinan la casa.
Y aquélla la boda odiosa ni la rechaza ni puede
hacer que esto se termine. Y aquéllos con sus comidas
esquilman mi hacienda, y pronto me destruirán a mí mismo.»

A esto contestó Palas Atenea, disgustada:

«¡Ay, cuánto se le echa en falta al ausentado Odiseo,
que les pusiese las manos a estos desvergonzados!,
pues si ahora se llegase y se alzase en los portales
de esta casa, con su yelmo y su escudo y sus dos lanzas,
tal cual yo lo viera por primera vez
en mi casa, entre bebida y deleites, a su vuelta
de Éfira, del palacio de Ilo, el hijo de Mérmero,
que allí en su nave veloz fuera el divino Odiseo
buscando homicida pócima, con la que poderse untar
los venablos de bronce, y aquél no se la entregara,
temeroso como era de los sempiternos dioses,
y se la diera mi padre, que enormemente lo amaba;
si así con los pretendientes Odiseo se encontrase,
corta vida para todos habría, y amargas bodas.
Mas tal está en el regazo de los dioses: que si aquél
volverá para vengarse en su palacio, o si no.
En cuanto a ti, te exhorto a pensar
cómo librar de los pretendientes al palacio. ¡Venga!,
escucha y atiende mis palabras.
Mañana convocarás en el ágora a los héroes
aqueos. A todos habla. Sean testigos los dioses.
Dispersa a los pretendientes, que se marchen a sus casas.
Y si está de ánimo tu madre en tomar marido,
que se regrese al palacio de su poderoso padre
y le prepararán boda, y dote le dispondrán,
muy grande, cual corresponde que acompañe a una hija amada.
Y a ti te doy fundado consejo, por si me haces caso:
búscate la mejor nave junto con veinte remeros,
ve a preguntar por tu padre, que en mucho tiempo es ausente,
si algún mortal te contara o si escucharas la fama
que viene de Zeus, la que más fiables noticias da al hombre.
Marcha primero hasta Pilo, e inquiere al divino Néstor;
de allí muévete hasta Esparta, junto al rubio Menelao,
que llegó el postrer de los aqueos blindados de bronce.
Si acerca de tu padre escucharas que vive y que vuelve,
aguántate los pesares todavía por un año;
mas si escucharas que ha muerto y escucharas que no existe,
regresa a tu tierra patria
y erige para él un túmulo y tribútale honras fúnebres,
muchísimas, cuantas debes, y dale esposo a tu madre.
Pero no bien estas cosas las hagas y las termines,
piensa luego en tus entendederas y en tu corazón
cómo, en palacio, a los pretendientes
has de matar, si en celada o en descubierto, y no debes
conducirte como un niño, que ya no tienes edad.
¿O es que no sabes la gloria que obtuvo el divino Orestes,
gloria mucha entre los hombres, pues que al matador de padres
dio muerte, a Egisto el falaz, que mató a su ilustre padre?
Tú también, amigo, porque te veo muy bello y crecido,
has de ser valiente para que hablen bien en el futuro.
En cuanto a mí, volveré ya hacia mi nave veloz
y hacia los míos, que estarán esperándome enfadados.
Cuídate de todo aquello y ajústate a mis razones.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Me dices esto, extranjero, con un sentir de cariño,
cual un padre habla a su hijo, y nunca lo olvidaré.
Mas, venga, espérate un poco, aunque te apremie el camino,
para poderte bañar y recrear tu corazón,
y con regalo irás a tu nave contento en el ánimo,
preciado, muy hermoso, un tesoro que yo te daré
como el que da un amigo a su huésped.»

A esto contestó Atenea, la diosa de verdes ojos:

«No me retengas ahora, pues que me apremia el camino.
El regalo que te obliga tu corazón a entregarme
me lo darás a la vuelta para llevármelo a casa.
Elígelo muy hermoso, y yo te daré otro igual.»

Tras decir esto marchó Atenea de ojos verdes.
Desapareció volando como un pájaro, y dejó
fuerza y valor en su ánimo y una memoria del padre
mayor que antes. Meditó él en sus entendederas.
Se asombró en su corazón, pues la sospechó una diosa.
Al punto, con aspecto de dios, fue a los pretendientes.
A estos cantaba el ilustre aedo, y ellos lo escuchaban
callados en sus asientos. De los aqueos cantaba
el triste volver de Troya que dio Palas Atenea.
Y hasta el piso de arriba llegara su canto inspirado
al alma de la discreta hija de Icario, Penélope,
y del palacio bajó las escaleras, no sola,
mas juntamente con dos sirvientas que la seguían.
Paró ante los pretendientes la divina entre mujeres
de pie cabe la columna que el firme techo aguantaba,
con las mejillas cubiertas por esplendoroso velo
y a cada costado suyo las dos atentas criadas.
Y en lágrimas dijo al divino aedo:

«Femio, si muchos otros deleites del mortal te sabes,
hazañas de hombres y dioses que los cantores celebran,
canta una a los presentes y beban vino en silencio.
Mas cesa este triste canto
que no deja de angustiarme el corazón en el pecho,
porque la más insufrible de las penas viene a mí,
tal es el semblante que yo añoro siempre, y que recuerdo,
del hombre con grande fama en la Hélade y en la media Argos.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«No tengas, madre, recelos de este cantor leal
porque nos dé los deleites que le mueve su saber.
No son los aedos culpables: culpable es Zeus, que dispensa
a los hombres de talento su don cual le viene en gana.
No te indignes porque de los dánaos cante el infortunio,
que los hombres más alaban
un cantar cuando lo escuchan nuevo.
De corazón y de ánimo sé fuerte para escucharlo,
pues Odiseo no fue el único que arruinó su día de vuelta
en Troya, que fueron otros muchos los que se perdieron.
Así que marcha a tu cámara y aplícate a tus labores,
telar y rueca, y ordena que sigan en su trabajo
las criadas, y los hombres nos cuidaremos de hablar,
los que aquí estamos y yo el que más, que mando en la casa.»

Ella regresó asombrada a su cámara, en el ánimo
metidas las sabias razones del hijo.
Ascendió junto con sus sirvientas
y lloró a Odiseo, su querido esposo,
hasta que el dulce sueño a sus párpados mandara Atenea.
Los pretendientes alborotaron por la oscura estancia,
con ansias de yacer en su lecho.
Pero comenzó a decirles el avispado Telémaco:

«Pretendientes de mi madre, soberbios y descarados,
gocemos ahora el festín, y cese ya vuestro escándalo,
que bello es oír a un aedo cual el que está aquí presente,
semejante en su voz a los dioses.
Pero al alba iremos todos a sentarnos en el ágora
para que os pueda decir mis razones sin tapujos:
que abandonéis el palacio y os cuidéis de otros festines,
y que os comáis mutuamente los bienes de vuestras casas.
Y si os parece mejor y más ajustado esto,
que arruinéis impunemente los bienes de un hombre solo,
devastad, que yo a los dioses eternos voy a clamar
por si Zeus diera algún día castigo a vuestras acciones,
y entonces podríais ser muertos en palacio, impunemente.»

Tal dijo, y se mordieron los labios
todos, asombrados de Telémaco y su hablar audaz.
Mas contestó Antínoo, hijo de Éupites:

«Telémaco, ciertamente, te han enseñado los dioses
a ser fanfarrón y a hablar con audacia,
pero que seas rey de Ítaca, la cercada por el mar,
no lo permita el de Crono, como pide tu linaje.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Antínoo, ¿te enfadarás por lo que voy a decirte?
A eso quisiera llegar, si Zeus lo permitiese.
¿Crees acaso que tal suerte es la peor de los hombres?
No es malo ser rey, pues pronto la casa
de uno crece en riquezas y él mismo en estima crece.
Pero muchos otros príncipes, tanto viejos como jóvenes,
de los aqueos tiene Ítaca, la cercada por el mar:
sea rey alguno de éstos, muerto el divino Odiseo,
más yo seré de mi casa señor, y de los esclavos
que para mí de botín ganó el divino Odiseo.»

Y contestó Eurímaco, el hijo de Pólibo:

«Telémaco, en el regazo de los dioses está puesto
qué aqueo será rey de Ítaca, la cercada por el mar.
Tú eres dueño de tus bienes y señor de tu palacio,
y no venga ningún hombre, mal de tu grado y por fuerza,
a arrebatarte los bienes, mientras viva alguien en Ítaca.
Mas quisiera, nobilísimo, preguntarte por el huésped:
¿de dónde este varón viene, y de cuál tierra se jacta
de ser, y en que país tiene la patria suya y linaje?
¿Vino a traerte noticias del regreso de tu padre,
o por cobrarse una deuda vino?
¿Por qué saltó y se fue tan aprisa, y no se esperó
para que lo conociéramos? Que no tenía malas trazas.»

A esto le contestó el avispado Telémaco:

«Eurímaco, ya no existe el regreso de mi padre,
ni creo ya en las noticias, de dondequiera que vengan,
ni atiendo a los vaticinios que le pregunte mi madre
a un vidente llamado a palacio.
Éste mi huésped y de mi padre viene de Tafos.
Mentes se jacta de ser, hijo del audaz Anquíalo,
y reina sobre los Tafios, querenciosos de los remos.»

Tal dijo, mas ya en sus mientes la sabía inmortal diosa.
Ellos a las danzas y a las gratas canciones tornaron,
aguardando el caer de la noche.
Y en sus deleites andaban al caer de la negra noche.
Entonces hacia sus casas marcharon para acostarse,
y Telémaco, rendido, hacia su bello aposento,
alto en el patio y en sitio bien visible alrededor,
al lecho se fue moviendo muchas cosas en sus mientes.
Junto a él, con luciente antorcha, la de pensamientos buenos,
Euriclea iba, la hija de Ops el de Pisenor,
a quien Laertes comprara en tiempos con sus riquezas,
apenas llegada a moza, dando en precio veinte bueyes.
Cuidaba de ella en palacio igual que a una honrada esposa,
y por no airar a la propia, jamás compartió su lecho.
Iba con luciente antorcha junto a él; de las esclavas
era quién más lo quería, pues lo crió desde niño.
Se llegó a las puertas de su cámara de recia hechura,
y, sentado sobre el lecho, se quitó la suave túnica
y se la puso en las manos a la cuidadosa anciana.
Ella la plegó y la recompuso
y de un clavo la colgó cabe el horadado lecho.
Se fue y tiró de la puerta por una anilla de plata
y echó los cerrojos con una correa.
Y aquél, por toda la noche, bajo el vellón de una oveja,
movió en sus mientes la senda que le dictara Atenea.

© de la traducción, Juan Manuel Macías